CARISMA
1- Carisma:
Junto a la apremiante afirmación de Pablo, que escribe a la comunidad de Corinto “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es mas bien un deber que me incumbe: ¡ay de mí sino predicara el Evangelio! (1 Cor 9,16); nos sentimos interpelados, confrontados y llamados, a hacer realidad este anuncio del evangelio desde nuestra identidad responsable de laicos.
Por ello nuestro lema es “Yo soy la esclava del señor, hágase en mí lo que has dicho” (Lc 1,38).
Somos llamados a establecer el encuentro de Dios con la humanidad de hoy, en su monte Santo para que Él pueda grabar en el corazón de cada ser humano su Alianza perpetua que, por su Hijo en la acción del Espíritu Santo, ha establecido con toda la humanidad de todos los tiempos. Queremos volver al primer amor y hacer que todos se enamoren del Señor (Ex 19,4-6).
Nos identificamos como Asociación Privada de Fieles, con reconocimiento del Obispo Diocesano, que celebra su misión de anuncio teniendo como inspiración el crecimiento espiritual de los mismos y el fortalecimiento de la fe de todos aquellos que se acerquen a los ministerios y servicios ofrecidos por medio de retiros espirituales, evangelización, enseñanza, encuentros de la Palabra y la oración; para vivir una vida fraterna en el vínculo de la unidad y de la caridad.
A esta asociación se vincula por medio de una fraternidad en la cual hay tres niveles de responsabilidad: los adherentes, los comprometidos y los consagrados.
Nuestro logo es el rostro materno de María bajo la advocación de Nuestra Señora de Fátima.
2- Nombre y sede de la comunidad:
Esta Asociación Privada de Fieles Laicos es de Derecho Diocesano y está radicado en el Obispado de Morón. Lleva por nombre “Comunidad de fieles laicos Monte Horeb”. El Monte Horeb es el lugar del encuentro entre Dios y el hombre. El Horeb marca la culminación de un proceso y al mismo tiempo inicio de un camino en el cual, Dios, por medio de Moisés, establecerá una Alianza con su pueblo (Ex 19,3-8).
Camino espiritual:
En Horeb, Dios nos invita a un encuentro íntimo, cara a cara con Él, que ha de ser reparador y renovador, para poder ser sus testigos en el mundo.
Este modo de encuentro, de oración personal y comunitaria, está guiado por la presencia siempre fiel de su Espíritu y presenta los siguientes rasgos característicos:
- Es Eucarístico: haciendo centro de nuestras vidas la celebración Eucarística, llevando a la mesa del altar y poniendo en ella no solo nuestras necesidades, sino nosotros mismos (1 Cor 12,12ss); para que Jesús nos pueda ofrecer al Padre, completando su ofrenda y haciendo más plena su alegría.
Recibiendo en cada comunión el pan de la obediencia de Cristo y de su amor, sin igual, por el Padre.
Buscando que nuestra vida sea eucarística como Jesús, viviendo abandonados a la voluntad del Padre.
- Es Mariano: recorriendo este camino espiritual de la mano de María Santísima, Madre que nos ha engendrado espiritualmente y vive deseosa de llevarnos a Jesús y a una vida vivida en intimidad y unidad con Él.
Deseando tener la misma atención, escucha y humildad que ella tuvo, para que movidos por el Espíritu Santo seamos “siervos” del Señor.
Está presente bajo la advocación de Nuestra Señora del Inmaculado Corazón de María de Fátima, como signo visible de su presencia y de su eterno mensaje: “Hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2,5b).
- Es Franciscano: del hermano Francisco de Asís, hemos tomado el ejemplo de una vida que se desgrana para Dios en continua alabanza; como acto de amor y agradecimiento constante al Creador por los dones que nos ha dado (Dn 3,52-90).
La confianza que nos da la relación de hermanos nos permite abrirnos a la oración comunitaria desnudando el alma, hablando con total confidencia filial con Dios; sin temores a ser juzgados o ridiculizados. El Padre Dios nos tiene en sus manos y nos une a y en su amor.
- Es Teresiano: como Teresa de Lisieux, crecer más en intimidad con Dios, para poderlo descubrir presente, vivo y operante, en cada instante de nuestras vidas. Dándonos el tiempo en la oración para “mirarlo y que Él nos mire”.
Dejar que Él inunde nuestro corazón con el gozo y el deseo de ser niños en brazos del Padre Dios, para poder descubrir el amor por las cosas simples y sencillas.
Vida de Oración:
En nuestra propia vida y en la de los demás, queremos fomentar y favorecer una experiencia personal con El Dios Vivo y Verdadero.
Necesitamos, por ende, momentos de encuentro de profunda intimidad con el Señor, para beber de su fuente inagotable de amor infinito y misericordioso; sabiendo que, cuanto más sea la efusión de su amor hacia nosotros, mejor y más fecundo será nuestro amor para con el hermano.
La oración es, para nosotros, la parte más importante y hermosa de la vida en comunidad. Ella nos lleva al desafío de ser maestros en la espiritualidad, en la oración personal diaria y en la oración comunitaria. Nos vincula con Dios para presentarle al hermano para que este se abra a Su Amor.
Vida de Fraternidad:
Formamos una comunidad para dar testimonio del Evangelio. En torno a Jesús, como los discípulos para vivir en comunión, hacer experiencia de que, por Cristo, somos hermanos entre nosotros y, al mismo tiempo, en Cristo, hijos de Dios.
Nuestra vida en comunidad se basa en la corresponsabilidad mutua, encuentros de oración y reflexión compartida, en la solidaridad y generosidad desinteresada, en la comunión de vida y de bienes, en la buena acogida y en un estilo de vida sencillo, no demasiado diferente entre los miembros oficiales.
Aspiramos a una vida fraterna, en una misma residencia, por un lado de hombres y por el otro de mujeres, de los miembros consagrados; a semejanza del Pan Eucarístico: pan que se parte, reparte y se comparte entre sí y entre aquellos que llegan con hambre de Dios; mientras que los casados, teniendo en cuenta las propias responsabilidades del Estado, comparten vida fraterna con la Comunidad desde su realidad conyugal.